MAESTRO FERMÍN LÓPEZ
Don Fermín López, "Maestro
Fermín" se levanta temprano aquel día de fines de marzo de 1865, en que se
iniciaba la Guerra de la Triple Alianza.
Por la ventana, y por -encima del
techo de la casa de enfrente, mira en la lejanía dorada por el sol de la
mañana, la mole azul del Ybyturuzú. Inicia el día con la monotonía de siempre.
Su vida frugal y sencilla está perfectamente ordenada: modesto desayuno seguido
de sus preparativos para dirigirse a la única escuela de Villarrica -su ciudad
natal- distante pocas cuadras de su casa. La ciudad es pequeña doce a quince
cuadras con apariencia urbana. Sus alrededores, poblados de añejos naranjales y
tupidos bosques y cruzados por fuentes de agua.
En una de las esquinas, un grupo
de hombres, comentan los acontecimientos políticos del momento, y el Tratado
Secreto de la Triple Alianza, que sembraba la efervescencia patriótica. Don
Fermín López, se une al grupo, y, escucha que la patria llamaba a sus hijos a
las armas. Minutos después, se dirige a la escuela, en cuyo recinto ve
compendiado y reflejado la esperanza, la geografía y la historia del país.
Llega al vetusto edificio escolar que aún subsiste como reliquia histórica con
el nombre de Ramón I. Cardozo Penetra en él; se sienta en su rústica silla de
maestro, y queda sumido en una profunda quietud interior. A ratos se pasea
nervioso y vuelve a sentarse pensativo. De pronto -se yergue en una postura
marcial y pronuncia una arenga que termina con estas palabras: "Niños; no
olvidáis que la patria está en peligro y, que en presencia de los sagrados
deberes para con ella, nuestros pechos han de ser murallas cuando así las
circunstancias lo -exigen. Levantemos nuestro espíritu, y repitamos la consigna
de la hora "Todo por la patria". "Vencer o morir". Un
profundo silencio, domina la clase. Su voz cálida; persuasiva y grave, con un
poder de encantamiento, vuela entre el grupo silencioso y todos prorrumpen en
un aplauso que rubrica la decisión de aquellos niños que en los últimos
episodios de la guerra, oponen resistencia con la muralla de sus pechos
infantiles, el empuje del invasor.
Transcurren los años. La guerra
sigue con sus escenas de sangre y desolación. Llega el año 1869. Los ejército
de la Alianza al mando del Conde D´Eu se encamina hacia Piribebuy -la nueva
capital de la República. El pueblo paraguayo, en su marcha, sigue dando
ejemplos hasta con las mujeres y sus niños, de cómo se defiende la patria y la
justicia de una causa. A Fermín López, maestro de escuela de 1842 a 1867 en su
pueblo natal, a pesar de su edad, lo vemos con el grado de Sargento Mayor,
comandando en Piribebuy, dos batallones de muchachos de 13 a 14 años. Forman
éstos, la Escuela Reducto, donde como maestro cumplía la consigna de enseñar
lecciones de patriotismo. "Aquí mis niños soldados aprenderán a sufrir por
la patria, y a saber morir por ella, si necesario fuera" piensa el maestro
guerrero.
Sin importársele la inclemencia
del tiempo, la sordidez tremebunda de la muerte, y el dolor que se cernía en el
ambiente, el maestro soldado, de corazón de sembrador, sigue enseñando día tras
día, en los momentos de tregua que sigue a la lucha en trágica sucesión.
Pasa revista a nuestra historia
ante sus niños soldados. Rememora nuestra lucha por la libertad; el austero
gobierno de Francia, la época de grandeza del patriarca Carlos Antonio López,
la odiosa e inicua guerra de conquista y pillaje emprendida por la Alianza, y,
culmina su enseñanza entonando el himno patrio; vivando al Paraguay y al
Mariscal López.
Pero llega el día de la prueba
para el ejército de soldaditos que simbolizaban a "una raza que agoniza en
los vericuetos de una abrupta cordillera bajo la serenidad inmutable de un
ciclo en cuya clámide el sol invernizo derrama lánguidamente sus fulgores
trémulos".
El 12 de agosto de 1869, el
batallón de niños soldados al mando de Fermín López, Sargento Mayor y maestro
del Reducto Escuela, defiende con bravura inigualable, aún con las lanzas
rotas, la plaza de Piribebuy. El ataque es furioso; la carga insólita sobre aquellos
adolescentes inflamados, que aún heridos, seguían combatiendo con fuerza, con
la decisión inquebrantable de no permitir la profanación del terruño. El
maestro Fermín López, al lado de "aquellos -aguiluchos cuya crestas besó
la tempestad" exhorta e infunde valor a esta legión de héroes. Y los niños
soldados, enardecidos por el ejemplo del maestro, antes que abrumarse por el
peso del infortunio, tienen sus corazones poseídos de una ira invencible. Llega
el último momento del cuadro desesperado de heroísmo de estos valientes, cuando
el filo del sable acomete con furia contra el valiente jefe de la legión
infantil. El Sargento Mayor Fermín López, cae herido de gravedad en el atrio de
la Iglesia y degollado más tarde por orden del Conde D'Eu.
Nos dice O'Leary "Herido
desde los comienzos de la lucha, vio caer unos tras otro, casi todos sus minúsculos soldados. Aquellos niños sublime
habían aprendido las lecciones del maestro y sabían cumplir el juramento aquel
de nuestro himno: Morir, Morir, Morir.
Cuando tras el último rechazo a
los asaltantes se preparaban para el ataque decisivo, el Maestro Fermín se
desplomó como una torre herida por un rayo. Casi no le quedaba sangre. Pero se
había mantenido de pié hasta aquel instante haciendo un esfuerzos sobrehumano,
sostenido por la resistencia. Después... después cayeron las sombras
precursoras de la muerte sobre su alma desvaneciéndose en un sueño reparador.
Fue entonces cuando sus discípulos cargaron con él hasta el templo queriendo
salvarle la vida. Y el viejo guerrero alcanzó a saborear en su agonía el
deleite infinito de conocer aquel rasgo de amor de abnegación. Volvió en si
cuando iban a dejarlo para correr a morir. Pudo al menos decirles adiós y
estrechar sus manos guerreros por vez última. En el reducto escuela, O sea en
el ángulo S.E. de las trincheras de Piribebuy nadie sobrevivió. Sólo falta
agregar que aquel Jefe tan heroico y tan amado de sus tropas, no era otro que
el maestro de Villarrica que vimos partir a la guerra en medio de las lágrimas
de sus discípulos".
El maestro Fermín, aquella mañana había entregado su vida a la patria con la sencillez del que está acostumbrado a dar, y enseñado a sus alumnos una última y más patética clase, la más auténtica y acabada lección de patriotismo. Los despojos sangrantes y mutilados de aquellos mártires de nuestra epopeya muchos de ellos guaireños que partieron para el reducto escuela quedan en Piribebuy como jalón inaccesible de heroísmo. Y en las noches calladas en ese lugar de inmolación de los niños mártires, aún parece que se escuchan las pláticas de patriotismo de aquel gran maestro soldado. Entre tanto, en el paraíso de los héroes, el Maestro Fermín y sus niños siguen platicando sobre la patria amada.

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