EL SACRISTÁN DE VILLARRICA
El ilustre limpeño, don Fulgencio R. Moreno, en la revista Guarania
N° 28 de 1936, publicó un fascinante relato que hace referencia al "mal
carácter" del Dictador Francia. El artículo se titula: El sacristán de
Villarrica. A fin de dar a conocer la historia a los lectores de este
suplemento, me permito una modesta recreación que no tiene otro propósito que
el de exponer en un espacio más breve.
Cuenta Moreno que en la incipiente época de nuestra Independencia
Nacional regida por el Dr. Francia, vivía en Villarrica un buen hombre conocido
por los parroquia nos con el mote de "Pa'í José". Este era una
persona excelente, muy cumplidora de sus deberes. Era un sacristán de pura
raza, de aquellos que a fuerza de andar entre velas y sahumerios, de doblar
sobrepellices, manejar ornamentos eclesiásticos, cuchichear con beatas y
cumplimentar a canónigos, parecen llevar en su persona a todas partes el
ambiente de la sacristía. La dictadura de Francia lo había encontrado en la
"República del Guairá" desempeñando en la iglesia el puesto de
sacristán y lo confirmó en él con aplauso de toda la villa.
Para ir entendiendo la gravedad del asunto que le tocó vivir a
nuestro sacristán, hay que recordar que cuando el Dictador Francia asumió la
dirección del país y de la iglesia paraguaya, hizo tabla rasa de los
procedimientos eclesiásticos, de las ceremonias del culto y de las prerrogativas
sacerdotales. Con o sin intervención del provisor nombraba, destituía y
castigaba directamente a los curas y sacristanes imponiendo lo que mejor le
parecía. Dieciocho de los cuarentas sacerdotes estuvieron sumidos en los
calabozos del Estado, entre criminales e inocentes.
Las causas de estos religiosos no eran graves, pero eran causas. Por
ejemplo: una disputa de carácter teológico entre un cura (el padre Cuná) y un
alcalde de apellido Decoud le costó al primero siete años de incomunicación que
terminó con su vida. Otro fraile, llamado Manuel Mariña, tuvo la mala suerte de
confesar a un moribundo sospechado de tener algunos ahorros escondidos. Llamado
por la autoridad para declarar si aquella confesión podía dar noticia sobre la
sospechada fortuna, el fraile protestó ante la pretendida violación del Secreto
Sacramental, y el Dictador Francia, sin más trámite, le condenó a siete años de
presidio. En fin, sería fatigoso continuar con la lista -escribe Moreno-, pero
lo citado basta para darse cuenta de que si tales consideraciones merecía el
clero, no serían mayores las que se gastaban con los pobres sacristanes.
Los sacristanes, en época de Francia, fueron convertidos en
recaudadores de los honorarios eclesiásticos, declarados ramos del Estado, y
tenían que rendir anualmente rigurosa cuenta de su administración. Estos
personajes que tenían un pie en la iglesia y un pie en la administración
estatal, eran a veces de más campanilla que un cura, pero corrían también
mayores peligros, porque manejaban fondos públicos, materia donde la
inflexibilidad del Dictador llegaba hasta su propia persona.
Pa'í José era muy querido por los villarriqueños y hasta objeto de
cierta vanidad local por sus raros conocimientos en el arte de hacer sonar las
campanas: en todo el Paraguay nadie poseía tan grande repertorio de dobles y
repiques y formó una generación de inimitables campaneros, que eran sus propios
hijos.
En los primeros tiempos de la emancipación nacional, todo iba a
pedir de boca, porque recolectaba los pesos en abundancia y con suma facilidad,
pero con los años fueron aquellos menguando. Con la paralización del comercio,
la persecución de los curas y de las gentes de cierta alcurnia, los ingresos
del sacristán guaireño se debilitaron de un modo alarmante, en tanto, las
exigencias de su familia eran comparativamente cada vez más enormes. Cada fin
de año vino a ser así para el sacristán época de grandes tormentos, porque con
el Dictador Francia no se gastaban bromas; las cuentas había que rendirlas y
depositar de manera puntual y exacta los pesos.
En los primeros apuros echó mano a sus pequeños ahorros y así fue
pasando algunos de los peliagudos años; pero al final llegó el inexorable
momento en que se expresó la catástrofe, porque los ingresos de la iglesia ya
no llegaron a cubrir ni sus propias necesidades. Finalizó el año y Pa' í José
no sólo había agotado sus recursos, sino que estaba lleno de deudas, de deudas
con la Patria.
Otro año pasaba y la mejora económica no había aparecido. Entre
tristes cavilaciones, el sacristán vivía recordando sus obligaciones con el
Estado. Las interpelaciones se repetían, volvían las excusas y los plazos,
hasta que sucedió lo que finalmente tenía que suceder: el Dictador ya estaba
enterado del asunto. Para darse una idea de lo que significaba esta falta en el
ánimo de Francia, bastará saber que en cierta ocasión increpó en una extensa
nota al delegado de Itapúa por no haberle dado cuenta detallada de los clavos
que usó en una canoa. A lo que ha de agregarse, para desdicha del sacristán, el
malísimo concepto en que el Dictador tenía a todos los guaireños, considerados
como hostiles a su política.
Naturalmente, tan pronto como supo el gobierno la falta del
empleado, le ordenó, con tremendas conminaciones, el cumplimiento de su
obligación dentro de un término perentorio. El aterrador requerimiento agravó
terriblemente la angustia de Pa'í José, pues bien sabía el infeliz que tras de
la orden no cumplida había de llegar el comisionado del gobierno, fantasma
pavoroso que agigantaba el ánimo ya trabajado y enfermizo del sacristán.
Ni en su casa, ni en la sacristía, ni en los altares hallaba sosiego
su tribulación. En su afiebrada imaginación vivía escenas terribles de futuros
tormentos que le sugerían las horrorosas leyendas transmitidas en los
cuchicheos de los parroquianos, sobre el martirio de gente de iglesia; y los
pelos se le ponían de punta recordando el caso bien concreto del Padre Alfonso,
su antiguo protector, que se pudría en la cárcel de la Capital por un asunto
baladí con el administrador de un pueblo.
¿Y qué haría con él, detentador, o mejor dicho, consumidor de fondos
públicos sin esperanza de reembolso, cuando por una frase malsonante los mismos
curas se enmohecían o se secaban en los calabozos del Dictador? Esta era la
sombría inquietud de Pa'í José: "Me enceparán aquí y después de servir de
ludibrio (burla) a todo el pueblo, embargarán mis bienes, se dispersará mi
familia, me llevarán a la Asunción, seré azotado, engrillado, encarcelado por
toda la vida, o fusilado..." -se decía esto mentalmente-. A fuerza de
cavilar día y noche encontró que la mejor solución era su muerte. La muerte lo
libraba de todo: de la vergüenza, de la tortura y de los horrores de la cárcel.
Pero Pa'í José no era de la madera de los suicidas, sino del tarugo de los
héroes.
Hecha su resolución, tomadas bien sus disposiciones fue a ver a la
máxima autoridad de la villa, un Comandante de apellido Careaga, guaireño de
vieja cepa, quien por lo intempestivo de la visita, recibió al sacristán un
tanto sorprendido.
-Necesito ir a la Asunción y vengo para que me dé el salvoconducto.
Me llevan asuntos de la Patria -le dijo con energía.
La sorpresa del Comandante Careaga se convirtió en gran confusión,
pues la expedición de un pasaporte a un sacristán en vísperas de rendir cuentas
era un caso sin precedente y no previsto en la práctica dictatorial. Pero, Pa'í
José se amañó de tal modo que le convenció de que no había lugar mejor en todo
el mundo ni más a propósito para rendir cuentas al Estado que la Asunción; le
persuadió de que la evasión estaba tan lejos de su mente, que admitía, es más,
exigía un acompañante hasta la presencia del Supremo; sea como sea, su viaje a
la capital era indispensable para el Estado y que una negativa le acarrearía,
al Comandante, gravísima responsabilidad.
Esta última consideración, acabó por completo con la perplejidad del
Comandante y convinieron en fijar todas esas razones en la solicitud, y el
pasaporte fue elaborado con toda la norma. Apenas el Comandante le echó la
firma, vio partir al sacristán con pasito menudo y rápido camino a la Asunción,
con su ropa de muda liada en la cintura y su hatillo de provisiones en la punta
de su báculo echado sobre el hombro.
A los pocos días de su partida de Villarrica, en una hora en que el
crepúsculo empezaba a incendiar el cielo chaqueño, llegó el sacristán a las
puertas de la Asunción. Se hospedó en la casa de un vecino y, al día siguiente,
muy temprano, previo baño en la naciente de un arroyo cambió de ropa, se
emperifolló peinándose con los dedos, se puso su sandalia franciscana y se
dirigió, mediante informes que iba recogiendo de los vecinos, a la Casa de
Gobierno.
Estaba el Dictador paseándose por el corredor de su palacio cuando
Pa' í José se acercó al cuerpo de granaderos que hacía la guardia. Aunque la
vestimenta asuncena de esa época no era envidiable, el aspecto estrafalario del
recién llegado denotaba a la legua su lejana procedencia, circunstancia que le
fue muy favorable. Eran tan raras las venidas de estos mensajeros del interior
que, un acontecimiento semejante, debía obedecer a motivos de gran interés.
El oficial de guardia acogió benévolamente el pedido del Pa'i José,
y previas las instrucciones sobre el riguroso protocolo dictatorial, anunció su
llegada al Dictador, quien se distraía con la lectura de un voluminoso libro.
En cuanto el granadero le hizo pasar al sacristán a su presencia, éste se
adelantó, sombrero en mano, hasta los seis pasos de distancia que indicaba el
protocolo y, como quien está consumido por una incontenible ansiedad de dar
gran novedad, se cuadró más militarmente como pudo, y empezó la arenga que
tenía meditada en el largo trayecto: ¡Excelentísimo señor profesor doctor José
Gaspar de Francia, ilustre Dictador Supremo de la República del Paraguay, yo
soy el sacristán de Villarrica, y vengo junto a su excelencia para que me
fusile!
El Dictador estaba dispuesto a continuar su lectura interrumpida
cuando, al escuchar esta última palabra, dio media vuelta para mirar con
asombro la cara de su interlocutor, quien repitió con firmeza: ¡Aquí estoy,
excelentísimo señor, mándeme fusilar inmediatamente!
-¿Y por qué te he de hacer fusilar, grandísimo zopenco?, le
interrogó el Dictador, ya irritado. ¿Quién te ha dicho que el Dictador está
aquí para fusilar sacristanes?
Pa' í José, animado por su desesperación heroica, prosiguió a
grandes voces, con temeraria irreverencia, diciendo: ¡Es inútil hablar más,
excelentísimo señor, yo tengo que ser fusilado. Hágame fusilar hoy mismo, si es
posible en este mismo momento!
- ¡Guardia, ¿cómo han permitido la entrada de este loco?, sáquenlo
de aquí inmediatamente!-exclamó el Dictador Francia, y Pa'í José fue a parar
con sus huesos en el calabozo de una penitenciaría.
-Se habrá visto un tipo más testarudo, le ha dado en la testa que yo
le tengo que fusilar -decía algunas horas después el Dictador a su médico
Vicente Estigarribia y a su actuario Mateo Fleytas, hablando del sacristán
guaireño.
-¿Y dice usted, Estigarribia, que tu compatriota no está loco? Pues
si se halla en sus cabales, aquí hay gato encerrado. A mí que no me venga con
tales engañifas. Pero mejor es que no nos demos por entendidos; que no se diga
ni una palabra del incidente, has de prevenirle bien, ni una palabra, y que
vuelva a su pueblo, donde le seguiremos observando.
Pocos días después, una fresca mañana de mayo, atravesaba Pa'í José
la plaza de Villarrica con dirección a su casa, de regreso de la capital.
Estaba el sacristán un poco más delgado, debido al ejercicio y a las emociones
que tan violentamente habían sacudido su serena existencia de sacristía; pero
iba con una expresión de alivio y de sosiego, que contrastaba con sus anteriores
ansiedades, y provocaba la más variadas conjeturas.
¿A qué habría ido Pa' í José a entrevistarse con el Dictador?,
¿habrá ido sólo para ponerse al día con su tributo? Punzantes deseos de
inquirir algo agitaban íntimamente al vecindario. Pero Pa'í José enmudeció.
Durante el viaje de regreso había hecho ya su filosofía: nadie le arrancaría
una palabra. Al mutismo del que fuera el más extrovertido de los sacristanes,
llamaba asimismo la atención la asiduidad con que el Comandante Careaga,
obedeciendo a reservadas instrucciones, frecuentaba la casa de Pa'í José y
seguía sus pasos, como buscando su amistad, con enigmática observación que no
dejaba de ser un silencioso acoso indagatorio.
Estos hechos adquirieron bien pronto prestigiosas proporciones en el
comentario lugareño. La personalidad del sacristán creció en el concepto
general, su amistad fue buscada por todos, le llovieron los encargos, su oficio
resultó una fuente de insospechada prosperidad y su casa se convirtió en el
centro predilecto de las tertulias locales.
El comandante Careaga no faltaba a ninguna de ellas, haciendo su
partida de naipe entre copitas de caña con guaviramí y, algunas veces en que
las copas menudeaban más de lo acostumbrado, lanzaba las insinuaciones para
despejar aquella incógnita que encerraba su actuación ante el Dictador, pero
Pa'í José no perdía el estribo y, mirando de reojo al Comandante Careaga,
proseguía su juego con imperturbable silencio.
Así transcurrieron los años en monótona sucesión. Pa'í José, más que octogenario, ya no ejercía su oficio, ni casi asomaba a la calle, vivía tan encerrado como su impenetrable secreto. Pero un día del año 1840, lo vieron con gran extrañeza por las calles de Villarrica, en compañía del comandante Careaga. Los dos viejitos marchaban silenciosos y risueños con dirección a la plaza de la ciudad, en cuyo centro, tras un apretón de mano, se separaron. Careaga llegó a la comandancia e hizo formar la guardia dando lectura a un bando, comunicaba a la población el fallecimiento del Supremo Dictador de la República, hecho ocurrido el 20 de septiembre de ese año. Entretanto el sacristán, con tembloroso pulso, después de mucho tiempo hacía vibrar de manera inconfundible su antigua campana anunciando igualmente, con sus lúgubres tañidos, aquel inesperado acontecimiento. Aquellos dolientes campaneos fueron los últimos que dio el sacristán guaireño en su vida. Sin embargo, a casi doscientos años, sus ecos siguen conmoviendo el corazón de quienes, por resguardar su libertad y el honor de su familia, expusieron en bizarra actitud su pellejo.
Texto de Efraín Martínez Cuevas

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